|
EL GENERALIFE |
|
| La más noble y alta de todas las huertas como la llamara el ilustre diplomático Andrea Navagero en su visita a principios del siglo XVI, sirvió como lugar de retiro y reposo de los reyes de Granada, y en general de los cortesanos que buscaban el solaz en este lugar que ellos mismos plagaron de delicias. Una vegetación fragante en los jardines, llenos de color y frescura (próxima a la concepción oriental del paraíso), el agua omnipresente y una arquitectura de carácter intimista, sencilla pero sólida y confortable. El palacio y sus jardines y huertas dominan la ciudad desde la altura, particularmente el Albaicín y el cerro de San Miguel, también la Alhambra y los valles del Genil y el
Darro. La comunicación con la fortaleza se establecía principalmente a través de la Puerta de Hierro, junto a la torre de los Picos en la cuesta de los Chinos; aún hoy día podemos contemplar en la zona restos del lienzo de muralla que protegiera el
Generalife. Más arriba, el fuerte de la Silla del Moro actúa de vigía en este cerro del Sol que estuvo lleno de palacios, huertas y residencias como la de Dar alArusa o casa de la Novia. El lugar más emblemático del Generalife quizá sea el patio de la Acequia, con sus miradores abiertos en las fachadas norte y sur, rumoroso por el juego de surtidores que refrescan el ambiente. Los mirtos, naranjos, arrayanes, rosales y cipreses que juegan con la luz a través de sus copas crean una sensación vibrante de recogimiento y paz. El patio de la Sultana tiene un lenguaje y sentido similar, quizá más recogido y privado. El edificio principal tiene una fachada sobria compuesta por un pórtico de cinco arcos. En un alfiz alberga un poema de Ibn alYayyab, con unos versos que dicen: al mismo tiempo te dé luz la virtud, la paz su sombra. Este parece ser el profundo sentido vital del Generalife. Salimos por el paseo de las Adelfas, finalmente el de los Cipreses. Como telón de fondo, Sierra Nevada, abrazando con su cercana inmensidad al viajero. |
|