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Los artistas que hicieran de Granada una parada obligada en sus viajes a principios del siglo XIX, encontraron materializada en la Carrera del Darro una ensoñación romántica.
Roberts, Laborde, Doré, Prangey, Murphy... todos ellos sucumbieron al misterio de una calle singular que serpeaba junto al río. Procede de un sinuoso trazado del siglo XVIII, pues el original hubo de ser replanteado tras la explosión de un polvorín situado junto a la iglesia de San Pedro y San Pablo. Desde plaza Nueva accedemos a ella, a la par que el río aparece, y nada más entrar, a izquierda, la cuesta de Santa Inés, con bellos edificios, en especial la llamada casa de Ágreda, donde dicen que San Juan de Dios acostumbraba a descansar recostado sobre un poyo de piedra del zaguán. Volviendo a la Carrera divisamos las ruinas del puente del Cadí, que fuera unión de la Alhambra y el Albaicín y bastión defensivo de esta parte de la ciudad medieval. Los baños árabes del Bañuelo, una de las obras más antiguas de la Granada musulmana, con su peculiar miscelánea arquitectónica romana, visigoda, califal, incluso contemporánea evidencian el talante conciliador y multicultural de la ciudad. Del Maristán, hospital de locos e inocentes, poco queda sino la memoria de su existencia y los leones de piedra que hoy día son custodios de los jardines del
Partal, en la Alhambra. El convento de la Concepción, el de Santa Catalina de Zafra, la casa de Castril en el dintel de la portada, las numerosas armas que en él forman la cenefa nos dictan el pasado heroico y guerrero de los antiguos moradores de este bello palacio, la iglesia de San Pedro y San Pablo, erigida sobre la antigua mezquita de los baños, el convento de San Bernardo que fue beaterio inspirado por San Juan de la Cruz... un peculiar tejido urbano que juega a su antojo con la perplejidad del viajero. |